Día de desierto en Sao Paulo (Brasil)


Esta carta relata cómo un día de desierto, celebrado en agosto, se transforma en la catapulta para vivir el día a día. 



Publicado en el Boletín ecuménico de la Comunidad Horeb Carlos de Foucauld nº 75


Renato Bicudo 
(Fraternidade Leiga Charles de Foucauld) 
Después de meses sin tener ni un solo día de refrescante lluvia que trajese alivio a esta naturaleza árida y seca en donde vivimos, el domingo 21 de agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen y día de desierto de la Fraternidad Laica Charles de Foucauld de Sao Paulo-SP (Brasil), por fin, los cielos nos bendicen con una lluvia benéfica que inunda de alegría, felicidad y frescura a todo ser viviente. Así, en este escenario de gracia y de profunda paz, es como tuvo lugar nuestro Desierto. 
Aunque no éramos un gran número de participantes -18 hermanos y hermanas-, en cada uno de nosotros los frutos del silencio y la soledad fueron fructíferos e inundaron nuestros corazones y mentes. 
En este año de 2016, en el que se ha producido el triunfo total de ZAP’s, del FACE's, del Twitter y de la caza de los Pokemons, así como con una situación política inusual que ha dividido y polarizado a nuestro país, escogimos meditar de una forma seria y comprometida; para ello decidimos apagar todos los medios de comunicación electrónicos, la televisión, escritos o de otra manera, que pudiesen apartarnos y llevarnos lejos de esta experiencia única e indispensable que es el ejercicio del silencio y de la escucha de la voz de Dios.
Deseábamos descubrir cuan dulce es poder escuchar y ser capaz de unirse al silencio del desierto, inspirados en nuestro hermano universal, el Beato Charles de Foucauld. Tan importante como el silencio es la experiencia de la oración profunda, mística, la entrega y la escucha, que debe acompañar los desiertos de nuestras vidas. 
Podíamos contemplar en los rostros de nuestros hermanos y hermanas el aura de alegría y felicidad que los envolvía cuando nos encontramos para el intercambio final del día. Una vez más, tomábamos conciencia como las "paradas diarias" son importantes y fructíferas. Todos  sabemos lo  difícil que es detenernos, dejar nuestros asuntos, nuestras preocupaciones, nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia para abandonarnos verdaderamente nosotros mismos en las manos de Dios.
A pesar de que la lluvia estaba siendo muy fuerte, nos instalamos en distintas habitaciones de la casa, la capilla, la biblioteca, la cocina, cuarto de máquinas, incluso en algunos coches, por lo que pudimos aun así disfrutar de la paz, del silencio, de la soledad evangélica. 
Aquí nosotros estamos acostumbrados a la belleza de la naturaleza que nos rodea, a un sol resplandeciente como el oro y que nos calienta, al verde de nuestros bosques, el azul claro y cobalto de nuestro cielo, los más variopintos colores de las flores y los frutos de diversas clases, de las aves, insectos y pequeños animalillos, pero tuvimos que adaptarnos a un día de lluvia fría, oscura, llena de niebla y recuerdos nostálgicos. Así fue nuestra jornada de Desierto en este domingo. Mas, nos entregamos en cuerpo y alma a esta experiencia indescriptible e incomparable que es el silencio, la oración y la escucha. 
De 09:00 a 13:00, estuvimos en un profundo silencio, sin ninguna comunicación entre los presentes. Se había preparado en la cocina de la casa una mesa con café, té, pan casero y agua. El que necesitaba algo de alimento allí fue para su merienda frugal. Siempre nos gusta animar a los hermanos a escribir sus impresiones, sus sentimientos, sus intuiciones y experiencias de aquellos bellos momentos (muy a pesar nuestro no todos lo hacen). Pero, por supuesto, todo el mundo siempre regresa con algo nuevo y esclarecedor que impulsa sus almas y sus vidas. Una experiencia en el desierto, el silencio, la oración, nunca pasa en vano para nuestras vidas y su somatización, ni pasa desapercibida para lo más profundo de nuestra alma, de nuestra inteligencia y de nuestra sensibilidad. 
El desierto nos hace libres, produce alegría, da confianza, calma, da seguridad, serenidad y también la curación. Sí, el desierto nos cura de las pasiones, de las seguridades que crean las fantasías ilusorias e innecesarias fruto de nuestra autosuficiencia y que es la hermana umbilical de la soberbia, de la arrogancia y del orgullo. El desierto sana en medio de la vejez, de la soledad, del abandono, la enfermedad, la falta de dinero y afecto. El desierto nos sitúa en lo más profundo de las entrañas de Dios. 
Después de una mañana y en este mismo domingo, tuvimos una comida más elaborada, más consistente, en un ambiente de fiesta familiar. 
Como colofón y final del día la Divina Liturgia, la Santa Eucaristía, presidida por nuestro querido P. Vidal Becerril, momento en el que hicimos las evaluaciones, compartimos, realizamos nuestras peticiones comunitarias y comulgamos juntos el dulce alimento salvífico, el pan de los ángeles: Jesús.